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En la charca de la basura, hombres, mujeres y niños sobreviven gracias a la basura que deshecha una ciudad visitada por miles de turistas que no osan posar sus ojos sobre esta realidad camboyana

Periodista ciudadano autor: Omar Havana Editado por: Redacción Bottup


La charca de la basura / Foto: Omar Havana

La charca de la basura / Foto: Omar Havana

Camboya. ¿A qué sabe la basura?, me pregunto desde las últimas horas de la tarde de ayer, cuando todavía intentaba identificar el sabor que el olor de toneladas de despojos, pudriéndose bajo el calor camboyano, había dejado incrustado en mi paladar.

Anlong Samram es un lugar donde el olor se mastica, el sabor se sueña, y la necesidad te mata. En la ‘charca de la basura’, la vida se perfuma con el olor de los despojos de una ciudad construida por y para el turismo, mientras la mierda te llega hasta el cuello. Cientos de toneladas de restos de exquisitos platos de los más selectos hoteles de la ciudad se esconden bajo un mar tóxico, el cual más de trescientas personas utilizan como supermercado local donde abastecerse diariamente.

Solo unos cuantos valientes y locos se aventurarían a entrar en este ‘lago’ lleno de los despojos de una sociedad que prefiere la comodidad del Sheraton antes que darse de bruces con la realidad de Camboya. Tan solo 30 minutos de tuk-tuk separan los magníficos templos de Angkor del infierno donde estas familias viven desde hace más de dos años. Mientras que los miles de turistas que visitan Siem Reap en estas fechas planean un lugar donde quemar su dinero en cervezas, marihuana y putas, la realidad de Anlong Samram queda olvidada ante una sociedad que ignora las necesidades de los más necesitados.

La sonrisa se desdibuja por la suciedad / Foto: Omar Havana

La sonrisa se desdibuja por la suciedad / Foto: Omar Havana

En la charca de la basura, las manos de una mujer se entierran entre los restos de la comida que han podido encontrar en el último camión. En la cara de los niños la suciedad desdibuja la sonrisa eterna de su alma. Los pies, desnudos, dejaron de sentir hace mucho el dolor del cristal que desgarra sus futuros. Los pulmones respiran la injusticia de una sociedad que mira en dirección opuesta. Y las mentes, esclavas del alcohol, han dejado de pensar, cansadas de imaginar una vida donde la basura no sea el pan de cada día. Y para un extranjero como yo, la única sensación que se puede experimentar, es la felicidad más absoluta que te trasmiten las sonrisas y juegos de unas personas que se preguntan: “¿Qué coño hace este tío aquí?”.

El pan de cada día / Foto: Omar Havana

El pan de cada día / Foto: Omar Havana

En la charca de la basura, el paladar se seca, la nariz se obstruye, y el olor hace que tus ojos se llenen de lágrimas. Rodeado de estos seres humanos, la felicidad te invade, mientras no tienes tiempo a asimilar el horror que tus ojos están viendo. En este lugar, tu dolor se calma, aunque es en ‘la charca de la basura’ cuando te das cuenta de que no podrás cumplir tu sueño (peux apaise de ta doleur, mais ne peut exaucer de ton réve. Mais).

Puedo calmar tu dolor, pero no puedo cumplir tus sueños, aunque... / Foto: Omar Havana

Puedo calmar tu dolor, pero no puedo cumplir tus sueños, aunque... / Foto: Omar Havana

Artículo original en Bottup: 300 personas viven con la ‘mierda’ al cuello