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Niños comiendo desperdicios, pueblos enteros a la sombra de un vertedero y jornadas interminables de trabajo en busca de cualquier cosa que vender para reciclar componen este indescriptible retrato: la cara oculta de Angkor Wat

Periodista ciudadano autor: Omar Havana Editado por: Redacción Bottup


Anlong Samram, 'La Charca de la Basura' / Foto: Omar Havana

Anlong Samram, 'La Charca de la Basura' / Foto: Omar Havana

Camboya. Si alguien les propusiera una vacaciones en Camboya, todo incluido, una habitación con vistas increíbles a los campos de arroz, piscina privada, jardín exterior y un menú donde se incluyen los mejores platos de los restaurantes más caros de la ciudad, creo que no tendrían ningún reparo a la hora de aceptar dicha proposición.

Son muchos los turistas que se dejan más de 10.000 euros en una semana de visita a los templos de Angkor y disfrutan de menos comodidades que las mencionadas en mi anterior proposición. Aunque nunca creí que más de 40 familias camboyanas disfrutaran de ese mismo privilegio, gratis y a tan solo treinta kilómetros del increíble ‘Grand Hotel’, donde japoneses y clientes como la Reina de mi país, pagan esas desorbitadas cantidades de dinero.

Anlong Samram, ‘La Charca de la Basura’

El basurero pertenece a la empresa privada M.I.C.C. que gestiona la recogida de basura de Siem Reap. Cuando un vertedero está lleno, utiliza una nueva charca, desplazando con ella a cientos de personas

La curiosidad por estas familias surgió a mi llegada a Camboya en el año 2008. No podía entender como un ser humano podía vivir en esas condiciones. Las fotografías que me enseñaron hace dos años de James Natchwey en los vertederos de Jakarta, causaron en mí una gran impresión. En ese momento, me propuse dos nuevos retos en mi vida, conocer al que es para mí el mejor fotógrafo vivo, y documentar la vida entre la basura. El honor de conocer a Natchwey lo tuve en Tailandia, durante la rueda de prensa de los líderes de los camisas rojas, pero el segundo reto resultaba imposible para mí, algo en mi interior me decía que ver al ser humano en esas condiciones era algo para lo que no estaba preparado, hasta hoy.

Después de dos meses intentando conseguir un permiso de prensa para acceder al recinto de ‘Anlong Samram’, he decidido aventurarme con permiso, pero sin prensa. Sesenta días de espera que me han servido para investigar un negocio que mueve millones de dólares en Camboya, y que espero algún día poder contar libremente.

Tras una noche más sin dormir, y después de un café calentito, mi ayudante camboyano y yo nos subimos a la moto con destino a la basura. El paisaje camboyano te embriaga de sensaciones, el color verde de los campos de arroz predomina en la postal de esta mañana de martes que se mezcla con los corruptos policías que esperan en la carretera a la caza de su botín diario.

Mi ayudante, con un español medio andaluz, me afirma que estamos llegando, al girar a la derecha no puedo salir de mi asombro al ver esa increíble terraza de arroz, una de las más bellas que he visto en este país, pero solo metros después el paisaje cambia, nuestro olfato empieza a anunciarnos que estamos
cerca de ‘la charca de la basura’.

La primera imagen en 'La Charca' / Foto: Omar Havana

La primera imagen en 'La Charca' / Foto: Omar Havana

La primera imagen es la de un niño descalzo sentado en su cama, al margen de las toneladas de basura que se almacenan en este espacio creado hace dos años por la empresa M.I.C.C., empresa privada gestora de los servicios de recogida de basura de la ciudad de Siem Reap. Son varios los lugares como este los que se acumulan en las proximidades de los templos de Angkor. Esta empresa suele utilizar charcas inundadas por el agua del monzón, para reubicar sus vertederos una vez los antiguos están llenos de desperdicios, lo que ha convertido a sus habitantes en los ‘nuevos nómadas de Camboya’.

Esta nueva ubicación está situada en la carretera nacional seis, que une Siem Reap con la capital, Phnom Penh, en un poblado llamado Anlong Pi. Allí más de cuarenta familias viven permanentemente entre los desperdicios diarios que se desechan en una ciudad de más de 130.000 habitantes y con más de dos millones de visitantes al año.

Entre las más de doscientas personas que viven en condiciones infrahumanas en este lugar, unos cuarenta son niños. Grandes y pequeños miran sorprendidos, “que narices hace un ‘Barang’ aquí”, se preguntarán al juzgar por la expresión de sus caras. Como siempre, los más pequeños empiezan a acercarse atraídos por la cámara, como si de un imán se tratara. Entre todos ellos encuentro a Chu, un jovencillo avispado de tan solo tres años de edad, que camina descalzo acompañado de su gran sonrisa y de su hermano mayor, a quien los ojos se le iluminan al ver un paquete de patatas fritas medio abierto entre medio de tanto despojo, un placer al que no creo que esté muy acostumbrado al juzgar por la forma como busca hasta el último pedacito que hay dentro de la
bolsa.

Chu y su hermano / Foto: Omar Havana

Chu y su hermano / Foto: Omar Havana

De repente, todos se agrupan con la disciplina de un ejército. Es la hora, según me dicen, cuando el camión que trae los restos de los mejores hoteles de la ciudad llega, “Umm, niam niam” –comer en idioma jemer – repite el pequeño Chu. Sin embargo, hay un cambio de planes, el camión decide depositarlos en otra parte del basurero y es ahí donde empiezo a entender las palabras que uno de mis amigos camboyanos me decía días atrás.

Estos basureros, como todo en este país, están bajo el poder de la corrupción, Un ‘capo’ maneja los destinos de los más humildes, quienes deben pagar una cuota mensual por un espacio determinado, coaccionados por los lugartenientes, quienes no guardan reparo en acabar con la vida de aquellos que no se disponen a colaborar. Como una de mis fuentes me confesó, “he visto como la gente desaparecía de los vertederos de Phnom Penh, fíjate si serán fuertes los jefes, que ni la policía se atrevía a pasar dentro”. Esta era la confesión de una persona que vivió 10 años entre los despojos de una ciudad de dos millones de personas, la misma que sonríe mientras me explica que “tenía suerte cuando podía encontrar un plátano entre medio de tanta basura, porque la banana por lo menos tenia cáscara”.

'Jonh Wayne', capo de 'La Charca' / Foto: Omar Havana

'Jonh Wayne', capo de 'La Charca' / Foto: Omar Havana

Es el momento, cuando la basura empieza a caer del camión, instantes de locura, donde algunos se juegan realmente la vida, los mejores puestos están en las primeras filas, aunque parece que esta vez todo está demasiado organizado. Una persona mejor vestida y que de repente ha salido de la nada se encarama a la cima de esta nueva montaña de basura. Su gorro de John Wayne, delata que él es el ‘jefe’ en este lugar. Equipos de mujeres y niños se agrupan a los lados del camión mientras todos escuchan atentamente las palabras de este ‘padrino de la basura’. Dos personas vigilan atentamente los movimientos de los que no tienen derecho a disfrutar de los manjares que este camión ha traído desde los mejores hoteles de Siem Reap.

Me cuentan que tienen suerte si consiguen más de 4.000 riels al día, el equivalente a un dólar diario, de lo que parte se quedará el ‘capo de la charca’. El trabajo comienza a la una de la madrugada, cuando los camiones empiezan a llegar, encaramados a sus linternas comienzan una jornada donde buscarán plástico y metal que revender a las empresas que lo transportan posteriormente a Phnom Penh. El día de trabajo acabará a las seis de la tarde cuando los últimos camiones descarguen los tesoros que los cientos de turistas que visitan Pub Street no han querido. Entre las cosas que reutilizan, jabón, ropa, especies, verduras, zapatos, cepillos, juguetes, e incluso arroz. Sus casas, lonas improvisadas para resguardarse de la lluvia, contienen los artículos de más valor que
han encontrado: restos de

Uno de los camiones / Foto: Omar Havana

Uno de los camiones / Foto: Omar Havana

bicicletas, televisores sin pantalla, y comida, mucha comida. Incluso entre tanto despojo, han creado una tienda de alimentación que surte a las familias del vertedero el material que ellos mismos encuentran. Me pregunto, ¿quién será el dueño de este ‘supermercado’?, mejor se lo decimos a ‘John Wayne’.

Mi cámara empieza a molestar a algunas personas que me hacen gestos para que no les mire, mientras las mujeres solteras o madres de familia, “avergonzadas por su posición en la sociedad”, según ellas misma me dicen, se cubren la cara al mismo tiempo que me animan a seguir fotografiándolas. Incluso en estas condiciones, la amabilidad camboyana de los más humildes me hace sentir la persona más diminuta de este planeta. La risa de los más pequeños no para de escucharse de fondo, para ellos será un día que recordarán, según me afirman no más de diez extranjeros han estado en estos vertederos, y para ellos la visitan de un blanco con barba de más de un mes es más que una escusa para volver a ser niños por al menos una hora.

Para beber utilizan un sistema de filtros caseros, con los que medio potabilizar un agua que en temporada de sequía consiguen de la charca donde la basura se sigue depositando. Un médico camboyano les visita una vez a la semana. Este doctor, según me dicen, pertenece a una organización extranjera llamada
‘KolianMed’, de la que no he encontrado

Los niños siempre son niños / Foto: Omar Havana

Los niños siempre son niños / Foto: Omar Havana

ninguna información, una imagen de ‘humanidad’ entre medio de tanta injusticia que me hace sospechar que esconden una realidad más complicada de lo que parece. El negocio de la basura, pero sobre todo del reciclaje, están en alza en este país.

Es hora de volver a casa, de pensar en lo que acabo de ver, en este Mundo que hoy más que nunca no entiendo. Siempre decía que Camboya no deja de sorprenderme, cada vez que pienso que ya no puede ser peor, este país se empeña en mostrarme que el límite de lo inhumano es infinito y es ahora, después de ver niños comiendo arroz de una bolsa que han encontrado en medio de toneladas de basura, cuando empiezo a darme cuenta que Camboya no es quien me sorprende, es la naturaleza del ser humano, que en países como este se expresa en su peor condición. En un mes he visto escenas que no consigo analizar, y recuerdo las palabras que me dijo James Natchwey, en Tailandia, “Good luck my friend, this is a hard world, – Buena suerte amigo, este es un Mundo duro –”.

Es ahora, al escribir en esta bitácora, cuando me doy cuenta de que al mirar por el objetivo de mi Canon, el Mundo cambia, no hay sentimientos, en ese momento algo me empuja a mirar en la dirección donde un niño llora o un adulto sufre, y siento que mi amigo Jan sigue disparando en el momento adecuado. Es ahora, al pensar en este día, cuando empiezo a sentir. Es ahora, al editar las más de 300 fotografías
que tomé esta mañana, cuando las
historias salen,

This is a hard world. Este es un mundo duro / Foto: Omar Havana

This is a hard world. Este es un mundo duro / Foto: Omar Havana

cuando no hace falta los discursos, porque los ojos de todos los habitantes de Anlong Samram cuentan historias de sufrimiento que las palabras no sabrían narrar.

Mis ojos han visto el legado nazi, el maltrato infantil, la pedofilia, la pobreza extrema, el resultado del genocidio camboyano, la Cuba de Castro, la revolución de los camisas rojas de Tailandia, el régimen militar de Myanmar, la mafia calabresa, incluso tuve la ‘suerte’ de nacer bajo la dictadura de Franco, pero es ahora, al ver la fotografía de Chu, cuando veo el mayor de los horrores que la humanidad ha cometido, y es donde las palabras del gran Saramago retumban en mi cabeza con más fuerza que nunca: “No soy pesimista, vivimos en un Mundo Pésimo”.

Un realista en un Mundo Pésimo / Foto: Omar Havana

Un realista en un Mundo Pésimo / Foto: Omar Havana

Hace 45 minutos, como todos los días, ha comenzado la jornada para los habitantes de ‘la charca de la basura’.

Artículo original en Bottup: La cara oculta de Angkor Wat: ‘la charca de la basura’


REPORTAJE / En Camboya muchos niños recogen basura para poder comer

Por un kilo de plástico, su trabajo de 10 o 14 horas, reciben 18 céntimos de euro

Periodista ciudadano autor: Omar Havana Editado por: Redacción Bottup


Llanto por justicia / Foto: Omar Havana

Llanto por justicia / Foto: Omar Havana

Camboya. Una noche más, mi amigo insomnio no me deja soñar con tranquilidad. Son las seis de la mañana, y bajo a desayunar sin haber dormido nada. Es la hora donde las almas rotas de Camboya abandonan las habitaciones de los grandes hoteles, para volver a su rutina diaria, alejada de las escuelas.

A esa hora, los monjes budistas impregnan de colorido las calles de la ciudad. Acompañados por sus ‘cuencos’ caminan como si se hubieran bebido un litro de ‘la bebida que te da alas’ en busca de la comida que la voluntad de los camboyanos quieran ofrecer.

También a esa hora, los más pequeños de la casa deberían emprender el camino a la escuela. Camboya grita en silencio por una

Un trabajo de mierda / Foto: Omar Havana

Un trabajo de mierda / Foto: Omar Havana

educación necesaria para sus niños, que aclare un futuro más que incierto. Sin embargo, muchos de ellos, se suben a sus bicicletas, no sin antes cargarlas con ‘alforjas’ improvisadas, para comenzar lo que en los países desarrollados cualquier adulto llamaría ‘un trabajo de mierda’.

De repente, se ve una figura en la puerta del hotel, de no más de 1,35 metros de altura, que pregunta al personal allí empleado por las botellas de plástico o cristal que tengan vacías.

Siempre me he quedado estático ante unos ojos que me hablan sin palabras, los ojos de este ‘pequeño gran hombre’ no hablan, sino que gritan, arañan,…, se puede ver el dolor de una vida marcada por la injusticia de un
mundo que se ha olvidado de él.

Hort, los ojos son la voz del alma / Foto: Omar Havana

Hort, los ojos son la voz del alma / Foto: Omar Havana

Su nombre es Hort, tiene 11 años de edad, y hace cuatro años que vive pedaleando las calles de Siem Reap en busca de todo lo que pueda ser reciclado. Su jornada comienza en el barrio más pobre de Siem Reap, Mondul Vai, a las seis de la mañana. Solo fue a la escuela un año, debido a que su madre murió cuando él era joven. De los nueve hermanos que tiene, dos también abandonaron este mundo, después de enfermar por beber agua contaminada. Desde que cumplió los siete años, y acompañado por su profesor en el arte de recoger basura, su hermano Liang de 17 años, ha trabajado entre diez y catorce horas diarias para poder ayudar así, a que la poca familia que le queda, pueda soñar con un futuro mejor.

Mientras que Hort apura un zumo de naranja que mira como si fuera el tesoro de las ‘minas del Rey Salomón’,

Hort y Liang en sus bicicletas / Foto: Omar Havana

Hort y Liang en sus bicicletas / Foto: Omar Havana

me cuenta como su padre le obliga a trabajar recogiendo la basura de los hoteles, mientras él conduce una moto. Toda la basura la entrega en uno de los negocios ‘ocultos’, donde un espabilado sin escrúpulos recoge las botellas que el chaval haya conseguido y se queda con la mayoría del dinero.

Por diez latas metálicas Hort consigue 600 riels (0,10 euros), y por un kilo de plástico, 1000 riels (0,18 euros). Aunque la cantidad que Hort llevará a su casa en el día de hoy, como cualquier otro día, no será más que el equivalente a un kilo de botellas de agua.

La historia de Hort es la historia de miles de niños que recorren todos los días las calles de las principales ciudades de Camboya, en

Dos 'niñas de la basura' esconden su 'tesoro' / Foto: Omar Havana

Dos 'niñas de la basura' esconden su 'tesoro' / Foto: Omar Havana

busca de las ‘sobras reciclables’ de los hoteles o turistas. Mi primera aproximación con estos niños sucedió de una forma que nunca pude sospechar.

Hacia tiempo que conocía al director del hotel donde me hospedo en Siem Reap, gracias a los propietarios tengo acceso a la cocina. Esa mañana, estaba cortando una cebolla, cuando él me preguntó: “¿Qué es eso, Omar?”. Le miré extrañado, las cebollas no son tan caras en Camboya y él es un director de hotel con un buen sueldo. Sin embargo, sus ojos se empañaron al contarme que durante diez años él había sido uno un ‘niño de la basura’. Había vivido en los vertedores de Phnom Penh, inhalando el peor de los aromas jamás imaginado. Me narraba cómo a tempranas horas de la madrugada, los camiones llegaban cargados de ‘delicatessen’ que llevarse a la boca. Ese era el momento de la batalla, ‘maricón el último’, como se dice machistamente en España. Largas colas de niños esperaban a que los

10.950 comidas en la vida de una persona / Foto: Omar Havana

10.950 comidas en la vida de una persona / Foto: Omar Havana

camiones abrieran sus puertas y descargaran la basura de una ciudad de dos millones de personas. De ahí saldrían sus tres comidas diarias, día tras día, mes tras mes, año tras año, hasta contar hasta 10 años, 120 meses, 3650 días. 10.950 comidas en la vida de una persona de 24 años.

Diez años que marcaron para siempre a esta persona, la cual es un ‘animal’ del trabajo, y un orgulloso padre de una niña de un año de edad. Este director, cuyo nombre prefiero mantener en el anonimato, es la cara de la lucha por conseguir un futuro menos malo. Pero miles de historias como ésta, no tienen un final tan feliz.

Mu An llegó de Vietnam cuando era solo un bebé. Como la mayoría de los niños que se dedican a este trabajo, proceden del país que pudo

Mu An / Foto: Omar Havana

Mu An / Foto: Omar Havana

vencer a los Estados Unidos hace unos años, pero que hoy no puede mantener a muchas familias, cuyas vidas son tan miserables en el delta del Mekong vietnamita, que prefieren cruzar la frontera a uno de los países más pobres del Mundo, es busca de un futuro mejor.

Mu An es una de esas historias sin final feliz. Tiene 13 años de edad, y también es huérfano de madre. Nunca fue a la escuela, y vive en una de las calles que rodean al mercado de Samaki en Siem Reap. Al igual que Hort, comienza su jornada a las seis de la mañana, aunque las fuerzas le flaquean y solo resiste hasta las dos de la tarde, hora en la cual él me dice que se va a dormir. Algo difícil de creer, al mirar sus ojos perdidos en la distancia, como atrapados por el efecto del maldito pegamento. Con el dinero que Mu An consigue, no puede ni permitirse una bicicleta, por eso recorre las calles de Siem Reap, empujando su viejo carro de madera.

Hort y Mu An son solo dos historias camboyanas más. Dos vidas que pasan desapercibidas a los ojos de los turistas que prefieren mirar hacia las riquezas de los templos de Angkor. Niños a los que su infancia fue arrancada de cuajo el mismo día que nacieron.

En estos momentos el monzón está

Mu An con su nuevo 'juguete' / Foto: Omar Havana

Mu An con su nuevo 'juguete' / Foto: Omar Havana

apretando, es una noche de rayos y truenos, de agua abundante. En estos momentos, algún niño esta recorriendo las calles de Angkor, en busca de ese preciado tesoro de plástico. Hace un año, en estos momentos, esta ciudad estaba sumergida en un metro de agua. El tifón Ketsana dejaba Siem Reap totalmente impracticable. Aunque en esos mismos momentos, los ‘niños de la basura’, seguían ‘pedaleando’ las calles del país olvidado. Todas las noches, las calles de Siem Reap son iluminadas por las linternas de estos críos.

Como decía Jacinto Benavente, “en cada niño nace la humanidad”, aunque historias como la de Hort y Mu An, pongan de manifiesto que la humanidad ha pasado de ser un valor imprescindible para el ser humano, a ser una de las ‘especies en peligro de desaparición’, y el negocio más rentable que la avaricia de nuestras mentes ha podido crear.

Durante el Tifón Ketsana / Foto: Omar Havana

Durante el Tifón Ketsana / Foto: Omar Havana

Durante el Tifón Ketsana / Foto: Omar Havana

Durante el Tifón Ketsana / Foto: Omar Havana

….Monzones, tifones, el frío de la noche, el miedo de la soledad, la furia de unos padres, la injusticia de una infancia robada…, nada será una escusa para que ‘los niños de la basura’ dejen de pedalear en busca de la justicia que un día les fue robada.

Hort sigue pedaleando... / Foto: Omar Havana

Hort sigue pedaleando... / Foto: Omar Havana

Buscando la justicia que un día les fue robada / Foto: Omar Havana

Buscando la justicia que un día les fue robada / Foto: Omar Havana

Artículo original en Bottup: Los Niños de la Basura


REPORTAJE / En un país donde el 20% de la población es menor de edad, menos del 70% de los niños termina la educación primaria. Las cifras se reducen para las niñas y en las zonas rurales

Periodista ciudadana autora: Soraya Palacios Editado por: Redacción Bottup


Niños del colegio Aarbi Chtoukra esperando a recibir una donación de ropa

Niños del colegio Aarbi Chtoukra esperando a recibir una donación de ropa

Desierto, vegetación muerta y, entre las dunas que reflejan el brillo del sol, un modesto edificio hecho a base de módulos prefabricados, similares a los que se utilizan en cualquier obra española.

Lo único que nos da una idea de la utilidad del lugar son los niños, algunos con libros, los más afortunados con mochilas, la mayoría descalzos. Estamos frente a un colegio al sur de Marruecos, provincia de Agadir, municipio de Biougra, donde los turistas no llegan ni de paso, a medio camino entre los bellos montes Atlas y la próspera ciudad costera de Agadir.

Biougra es una de las tantas localidades olvidadas en Marruecos, aquí el salario medio según el Fondo Monetario Internacional es de 1.870 euros al año, algo menos de 160 euros al mes, y pocos niños pueden permitirse el lujo de no contribuir económicamente en casa. La edad mínima para comenzar a trabajar en Marruecos es de doce años, aunque esto no se sigue demasiado a rajatabla y los niños suelen comenzar a trabajar antes, especialmente en las zonas menos urbanas, que son las más desfavorecida. Allí el dinero que los más pequeños aportan a las familias es necesario para sobrevivir, y el Estado lo sabe.

El salario medio es de 160 euros al mes, la mayoría de los menores deben colaborar para el mantenimiento del hogar, en un páis donde es legal el trabajo infantil desde los 12 años

Biougra es una zona básicamente agrícola, con pequeños comercios, y los niños se ven forzados a colaborar en este tipo de tareas junto a los adultos. El absentismo escolar es muy elevado y una de las mayores preocupaciones de los profesores, que ven como, año tras año, algunos de sus alumnos más brillantes terminan dejando los estudios por culpa de la miseria. “Muchos quieren seguir viniendo a la escuela -dice Mokhtar Ahouri Ayad, profesor de Biougra en su perfecto español- pero no pueden venir siempre, tienen que trabajar porque sus familias son muy pobres, sobre todo los huérfanos, aquí hay muchos chicos que sólo tienen madre”.

Según la UNESCO, sólo el 67% de los niños termina la educación primaria. A esto hay que sumar el alto índice de natalidad, ya que hasta hace pocos años el Estado no se involucró demasiado en informar a sus ciudadanos en materia de planificación familiar. Y eran los únicos que podían hacerlo, puesto que durante varios años el Rey mantuvo el monopolio sobre los medios de comunicación. Hoy se estima que alrededor del 20% de la población son menores de 18 años.

Pero la pobreza no es el único gran problema al que se tienen que enfrentar en las escuelas marroquíes. El machismo que aún sigue imperando, fruto de una visión extremadamente estricta del Corán, hace que muchas niñas abandonen la escuela por imposición paterna apenas entran en la pubertad. Consideran que son más útiles en casa, ayudando a su madre y aprendiendo las tareas que en el futuro deberán desempeñar para ser unas buenas esposas. Por cada 100 niños escolarizados hay 88 niñas, cómo indican datos de la ONU que analizan el cumplimiento de los ‘Objetivos del Milenio’. Y la cifra disminuye drásticamente en las zonas rurales.

En el aula de informática cuarenta pequeños observan desde sus mesas los dos ordenadores de que disponen

En el aula de informática cuarenta pequeños observan desde sus mesas los dos ordenadores de que disponen

“Afortunadamente esto ya está cambiando, no todos somos iguales, no todos creemos igual, cuanta más cultura menos fanatismo”, afirma Abderrahaman, manager de algunos grupos locales en su tiempo libre, profesor de otra de las escuelas de Biougra y padre de cuatro hijas, las cuatro mujeres, mientras la mayor, de 19 años, espera impaciente a que éste termine de hablar para que le preste las llaves del coche.

Adentrarse en el colegio Arbi Chtouki de esta diminuta localidad de mayoría berebere es un golpe devastador para la conciencia de cualquier ciudadano del tristemente llamado Primer Mundo.

En las modestísimas aulas de colegio se amontonan más de una cuarentena de niños, no disponen de cuartos de baño, sólo los profesores gozan de ese privilegio. Aquí la pobreza toma el cuerpo de un calor seco y sofocante.

El aula de ‘informática’ tiene dos ordenadores, que la cuarentena de pequeños observan desde sus mesas mientras toman apuntes. La biblioteca tiene los estantes a medio llenar. No hay bolígrafos. Ni lapiceros. Ni cuadernos.

Los exámenes se hacen en folios blancos y el colegio no tiene suficientes para todos, les piden a sus alumnos que los traigan de casa, pero los chicos muchas veces no pueden permitirse comprarlos. Abdul Fares, el director del colegio, nos explica que les asignan un presupuesto a principio de curso, reconoce que no es suficiente, pero se anda con pies de plomo para no hacer la más mínima crítica al Gobierno y, por extensión, al Rey, ese Rey que nos observa como el Gran Hermano de George Orwell, a través de sus fotografías dispuestas en cualquier esquina de cualquier sala de cualquier edificio público marroquí.

“¿Becas? No, aquí no hay becas, la matrícula cuesta 120 MDH (12 euros) por los 3 años de la secundaria, y eso aquí es muchísimo dinero… Muchísimo. A veces los profesores les pagamos la matrícula de nuestro bolsillo”

Mokhtar, el profesor, se muestra más crítico cuando le preguntamos por las becas. “¿Becas? No, aquí no hay becas, la matrícula cuesta 120 MDH –unos 12 euros- por los tres años de la secundaria, y eso aquí para algunos padres es muchísimo dinero… Muchísimo. A veces los profesores les pagamos la matrícula de nuestro bolsillo”.

Cualquiera que escuche hablar a este profesor, originario de Iznzaren, un pueblo perdido en las montañas, puede pensar que a él como profesor pagado por el Estado el dinero le da para permitirse ciertos lujos. Pero nada más lejos de la realidad. Los sueldos de los funcionarios marroquíes, como maestros, conductores de autobús, barrenderos… están, según datos del Centro de Documentación Nacional del Reino de Marruecos, por debajo de esa media que el FMI da de 160 euros al mes, siendo muy similar a lo que gana un obrero en su región.

Mokhtar, de 30 años, hace gala de la hospitalidad típica del buen musulmán. Es amable, bromista, pregunta incansable sobre la cultura española y, sobre todo, tiene una gran disposición por ayudar a su pueblo. Uno de los cinco pilares del Islam, la religión oficial del país y la que profesan la mayoría de ciudadanos marroquíes, como Mokhtar, es la limosna. Pero Mokhtar no quiere ni dar ni recibir limosna, no quiere caer en la caridad, en su cuaderno de ‘proyectos’, donde anota todas las ideas que se le ocurren para mejorar la situación de Biougra, o los datos de las asociaciones que creen que pueden colaborar con ellos, predomina una idea fundamental: no dar un pez, enseñar a pescar, es decir, hacer que los más necesitados se sientan miembros útiles de la sociedad, que participen en ella para poder salir de la pobreza, que no tengan que dependen siempre de otros, en una sociedad que, por desgracia, está demasiado acostumbrada a tener que agachar la cabeza y dar siempre las gracias.

En el Índice de Desarrollo Humano que la ONU elabora todos los años, Marruecos está en una posición intermedia. En la lista de países más pobres, ocupa el puesto número 61. Pero estos datos carecen de fiabilidad, ya que gran parte del producto interior bruto del país pertenece a un pequeño porcentaje de personas (el 20%
según la base de datos del

A pocos kilómetros se encuentra un centro financiado por la Fundación Hassan II para alumnos de intercambio, cuenta con todas las comodidades, piscina incluida

A pocos kilómetros se encuentra un centro financiado por la Fundación Hassan II para alumnos de intercambio, cuenta con todas las comodidades, piscina incluida

Banco Mundial tiene en Marruecos el 78% de la riqueza) mientras que las acusaciones al Gobierno marroquí por maquillar sus datos de una forma nada discreta se han dado desde diversas organizaciones, tanto gubernamentales (el Banco Mundial, quien además ha denunciado en repetidas ocasiones la corrupción de Mohammed VI, quien les impide el acceso para sus estadísticas a datos como el porcentaje de pobreza o desempleo) como no gubernamentales (Reporteros sin Fronteras, Amnistía Internacional, etc.).

Uno se da cuenta pronto de las enormes diferencias sociales del país y el alto índice de corrupción. Palacetes mozárabes junto a chabolas y hoteles de lujo rodeados de mendigos dan fe de lo primero. El miedo de la población a criticar al Gobierno, miedo a la policía y al resto de fuerzas del Estado, dan fe de lo segundo.

Es difícil en un país controlado con mano de hierro que la población se rebele reclamando las mejoras sociales y económicas que se merecen, reclamando la parte del pastel que ahora se reparte entre unos pocos. Las autoridades son conscientes de que sólo los extranjeros se atreven a levantar la voz, y ejercen un férreo control sobre los viajeros occidentales.

En este clima, la mayoría de jóvenes va creciendo sin apenas aspiraciones, saben que el 10% de su población vive con apenas un euro al día. Sólo en las grandes ciudades hay un atisbo de esperanza para ellos y esto provoca que las migraciones internas sean feroces. Pero a medida que ciudades como Rabat, Agadir, Marrakech o Casablanca crecen a un ritmo descomunal, en el resto no se aprecia un mínimo de desarrollo desde hace más de una década.

En Amouri (que aglutina la población en un radio de 200 km) solo hay un colegio, financiado por la UNESCO, cuenta con dos barracones blancos, sin patio ni ordenadores, por supuesto

Erkhalid Ouchat nos pasea por la localidad de la que él es presidente, el equivalente a un alcalde español. La localidad de Ammouri está formado por varias decenas de pueblos dispersos por las montañas Atlas en un radio de 200 kilómetros, no hay agua, las mujeres tienen que ir a buscarla al pozo, la electricidad es para quien puede permitirse comprar un generador.

En Ammouri sólo hay un colegio, del que ellos se sienten orgullosos. Está financiado con fondos de la UNESCO y tardaron muchos años en conseguir que fuera construido. Pero el paisaje es desolador. Dos barracones blancos y un poco de pintura de colores para darle un aspecto menos deprimente, eso es todo, no hay patio (la carretera y un barranco de 500 metros al otro lado es su lugar de recreo), ni ordenadores, ni una cancha de baloncesto. No hay nada, podría ser igual un colegio que una caseta para resguardar a las cabras. Uno se pregunta si un organismo que forma parte de la ONU no podría haber hecho más por esos niños que viven en un lugar hostil, que van a estudiar con 40º a las tres de la tarde o que como es el caso de la mayoría de muchachas de la localidad, altamente conservadora y casi rozando el fundamentalismo, tienen que hacer auténticos esfuerzos para compaginar sus estudios con las labores domésticas, que incluyen duras labores agrícolas y ganaderas.

Sin embargo, a un puñado de kilómetro, apenas media hora de camino por las serpenteantes carreteras de ese puerto de montaña, se encuentra otro centro, la omnipresente estrella de la bandera marroquí, esta vez en forma de piedrecillas frente a la entrada, nos da la bienvenida. Eso y una enorme chapa que deja claro quién construyó el lugar, Fundación Hassan II. Un centro para acoger a diversas organizaciones y, sobre todo, a niños de intercambio, españoles, franceses, etc. Un espléndido lugar en medio de la nada, en medio del desierto y las montañas, que consta de múltiples magníficos edificios a la sombra de jazmines y naranjos que luchan por sobrevivir en un clima que no es el suyo con ayuda del riego artificial. Un centro que consta de habitaciones, cocinas, salas de estudio, múltiples aulas de informática con modernos ordenadores, sala de música, una biblioteca repleta de libros, un salón de actos, canchas de tenis, de fútbol….

“Los que importan son los que ahora devoran con ferocidad sus libros, ansiosos por aprender y que se merecen poder seguir haciéndolo”

Y está vacío. Ningún niño ocupa sus clases, ni disfruta aprendiendo a tocar allí la impoluta batería. Nadie prepara la comida en los tallin de la cocina, ningún pequeño juega al baloncesto en sus canchas, ni planea obras de teatro en su sala de actos y, probablemente, ningún niño de la zona disfrutará nunca de la piscina que están construyendo, porque ese centro está allí para hacer bonito, para dar publicidad a ese Gobierno y ese Rey corruptos que piensan más en compartir el té –y el pastel- con sus amigos saudíes y franceses que en su pueblo.

Ese centro huele a tristeza, porque nunca se usará para lo que debiera y porque refleja en última instancia una de las causas principales de la pobreza en los países en desarrollado y la dejadez de ese ‘Primer Mundo’ que por intereses políticos y económicos muchas veces hacen la vista gorda ante soberanos que no deberían serlo. Volvemos al colegio financiado por la UNESCO, o tal vez sólo por una parte de los fondos que la UNESCO había proporcionado para ese fin. Eso ya importa poco, los que importan son los que ahora devoran con ferocidad sus libros, ansiosos por aprender y que se merecen poder seguir haciéndolo. Igual que Mokhtar quiere proporcionar a sus vecinos las herramientas para aprender a pescar y no tener que darles el pez, si educamos a los niños de ahora, los dueños del mañana, es posible que en un futuro tengan la suficiente confianza en ellos mismos, los conocimientos suficientes y la valentía para rebelarse y poder gritar bien alto que se merecen algo más.

Fotografías: Soraya Palacios

Artículo original en Bottup: La educación en Marruecos: un lujo, no un derecho


REPORTAJE / En 2002, 53.000 niños murieron por homicidio en todo el mundo

Más del 80% de los niños sufre algún tipo de violencia y más de 220 millones sufren abusos sexuales

Periodista ciudadano autor: Omar Havana Editado por: Redacción Bottup

La mayoría de los abusos suceden dentro del círculo familiar

La mayoría de los abusos suceden dentro del círculo familiar

Camboya. Hace unos días charlaba con uno de los chicos con los que suelo hablar para saber la situación de la infancia en Camboya. Al preguntarle por su padre, el crío cambió el semblante, ya no sonreía y su mirada parecía temerosa. No tardé mucho en descubrir que era uno de los miles de menores que en Camboya son maltratados todos los días por progenitores, profesores o jefes de trabajo.

Es difícil saber con exactitud cuantos niños sufren maltrato en Camboya, como afirmaba un representante de UNICEF, “en algunos casos, los niños tienen miedo de sus padres o no se atreven a denunciar, en otros, la sociedad camboyana acepta este comportamiento como normal”, en la misma entrevista se añadía, “son los niños más pequeños, aquellos que tienen mayor riesgo de sufrir violencia, mientras que en aquellos mayores de doce años era más normal el uso de la violencia sexual”.

Entre los años de 2002 y 2005, un total de 2.202 casos de explotación o violación de menores fueron confirmados en Camboya, con un 75% de los casos por violación no consentida. De los cuales, solo 1.407 acabaron en arresto, cifra que ha visto un incremento en los últimos años, desde los 25 arrestos en 2001, a los 266 de 2005.

Pero éste no es un problema exclusivo de Camboya, ni de los países del mal llamado Tercer Mundo, éste es un problema que afecta a la mayoría de los niños, sea cual sea su color de piel, lugar de nacimiento o coches de lujo aparcados
en el garaje.

Las consecuencias del maltrato infantil perduran con el tiempo, tanto física como psicológicamente / Foto: AFP

Las consecuencias del maltrato infantil perduran con el tiempo, tanto física como psicológicamente / Foto: AFP

Según informa la OMS, en sus últimos datos publicados en 2002, alrededor de 53.000 niños murieron por homicidio en todo el mundo, según se afirma en el mismo documento, entre un 80% y un 98% de los niños

Las consecuencias del maltrato infantil perduran con el tiempo, tanto física como psicológicamente / Foto: AFP

en el mundo y dependiendo de la región de donde sean, sufren algún tipo de violencia contra ellos, de los cuales un tercio o más reciben castigos corporales mucho más graves, aplicados con utensilios como cuchillos. En el mismo año, la OMS calcula que 150 millones de chicas y 73 millones de chicos menores de 18 años tuvieron relaciones sexuales forzosas o sufrieron otras formas de violencia sexual con contacto físico.

De acuerdo con los cálculos de la OMS, entre 100 y 140 millones de chicas han sufrido algún tipo de mutilación o corte genital. Los cálculos aproximados publicados por el informe de UNICEF en 2005 indican que en el África subsahariana, Egipto y el Sudán, cada año tres millones de muchachas y mujeres son sometidas a mutilaciones o cortes genitales.

Cálculos realizados recientemente por la OIT indican que en el año 2004, 218 millones de niños trabajaban y 126 millones realizaban trabajos peligrosos. Los cálculos relativos al año 2000 indican que 5,7 millones realizaban trabajo forzoso o trabajo en condiciones de servidumbre, 1,8 millones trabajaban en la prostitución y la pornografía y 1,2 millones eran víctimas de la trata de niños. Sin embargo, comparando estos datos con los cálculos publicados en 2002, la incidencia de trabajo infantil ha disminuido en un 11%, y el número de niños ocupados en trabajos peligrosos se ha reducido en un 25%.

Cada vez se reconoce más la existencia de la violencia sexual en el hogar. De acuerdo con varios estudios realizados en 21 países (en su mayoría desarrollados) entre el 7% y el 36% de las mujeres y entre el 3% y el 29% de los hombres dijo haber sido víctima de agresiones sexuales durante su infancia, y según la mayoría de estos estudios la tasa de abusos sufridos por las niñas es de 1,5 a 3 veces la de los varones. La mayoría de los abusos suceden dentro del círculo familiar. De modo similar, un estudio multipaís realizado por la OMS, en el que se recogieron datos tanto de países desarrollados como de países en vías de desarrollo, mostró que entre el 1% y el 21% de las mujeres manifestaba haber sufrido abusos sexuales antes de los 15 años, en la mayoría de los casos por parte de varones miembros de la familia, que no eran ni su padre ni su padrastro.

En algunos países, la no existencia de una edad mínima legal para el consentimiento sexual y el matrimonio puede

Más de 218 millones de niños trabajan. El niño de la imagen trabaja 14 horas diarias por 14 céntimos / Foto: Omar Havana

Más de 218 millones de niños trabajan. El niño de la imagen trabaja 14 horas diarias por 14 céntimos / Foto: Omar Havana

exponer a los niños al trato violento de su pareja. Se calcula que 82 millones de chicas contraen matrimonio antes de cumplir 18 años. Un número considerable contrae matrimonio a edades mucho más

Más de 218 millones de niños trabajan. El niño de la imagen trabaja 14 horas diarias por 14 céntimos / Foto: Omar Havana

tempranas, a menudo de manera forzosa, y corren riesgo de sufrir violencia, incluidas las relaciones sexuales forzadas.

Un estudio de 2006 realizado por la ONG Save The Children en Camboya confirma que se mira hacia otro lado mientras estos hechos ocurren. Para el estudio escogieron 504 niños (250 chicos y 254 chicas) de las zonas rurales y 275 adultos (122 hombres y 153 mujeres). Entre los métodos utilizados, se empleó la búsqueda en diarios personales, marcas corporales, actitud hacia la entrevista y charlas. Entre los castigos físicos que los niños narraban se encontraban: ser golpeados con palos, bambúes, cinturones, cadenas y látigos fabricados con cable eléctrico, el uso de objetos punzantes como cuchillos o acciones como retorcer extremidades, agarrar, pinchar, golpear con el puño, o patear. De los niños entrevistados el 39,8% afirmó ser golpeado con frecuencia en la cabeza o cuello, el 82,2% en las extremidades, 80,7% en la espalda, 33,1% en el trasero y 3,3% en el estómago. Casi un ochenta por ciento afirmó ser golpeado en su hogar. Sin embargo, casi la totalidad de los adultos mostraron arrepentimiento después de cometer estos actos, afirmando que la mayoría de los niños no hacen nada por impedirlo, solo un 1,8% de los niños y ninguna niña confirmó hacer frente a la violencia de sus padres.

Aunque la violencia puede tener diversas consecuencias para los niños según sus características y su nivel de gravedad, sus repercusiones a corto y largo plazo son con frecuencia serias y perjudiciales. Entre los problemas de salud mental y los problemas sociales relacionados con la violencia se
encuentran la ansiedad y los trastornos

Niños en Palestina, en medio de un conflicto armado / Foto: AFP

Niños en Palestina, en medio de un conflicto armado / Foto: AFP

depresivos, las alucinaciones, el desempeño deficiente de las tareas profesionales, las alteraciones de la memoria y el comportamiento agresivo. La exposición temprana a la violencia está

Niños en Palestina, en medio de un conflicto armado / Foto: AFP

relacionada con el desarrollo posterior de enfermedades pulmonares, cardíacas y hepáticas, enfermedades de transmisión sexual y con el aborto espontáneo, así como con el comportamiento violento en el seno de la pareja y los intentos de suicidio en etapas posteriores de la vida.

Todos los datos recopilados de estos informes hablan por sí solos, y no merecen la pena un comentario, demasiado tarde para hablar, más bien es tiempo de actuar para cambiar esta situación inaceptable a la cual la sociedad vuelve la cara. Nos olvidamos que nuestro futuro pasa por estos jóvenes, que cada día crecen más en ambientes violentos, y que hacen que este mundo cada día sea un lugar menos seguro donde vivir. Siempre la solución está en nosotros mismos, aunque siempre intentemos mirar al que tenemos al lado. Mientras tanto, se nos escapan las consecuencias de estos actos que en la mayoría de los casos quedan impunes y perdidos en el olvido de un niño que ya nunca volverá a decir: “Feliz cumpleaños, papá”.

Fuentes:
Informe del estudio del experto de las Naciones Unidas sobre la violencia contra los niños
Taking Forward the Recommendations of the UN Secretary General’s Global Study on Violence against Children, Save The Children

Artículo original en Bottup: Feliz cumpleaños, papá


Se estima que en Senegal hay unos 300.000 niños de la calle, abandonados por sus padres porque no pueden mantenerlos

Periodista ciudadana autora: Alicia Mora Editado por: Redacción Bottup


Niño de la calle. Senegal, julio 2010. Foto: A. Mora

Niño de la calle. Senegal, julio 2010. Foto: A. Mora

En Senegal, soy una ‘toubab‘, una (blanca) más. No dejo de ver niños de la calle por todo el país. Son los llamados ‘talibé’, que hace referencia a un joven de entre 3 y 15 años, que aprende el Corán con un maestro, el marabú. Sin embargo, actualmente, el término casi se ha convertido en sinónimo de niño de la calle, abandonados por sus padres al no poderlos mantener.

Según estadísticas de la ONG ‘Tostan, hay unos 300.000 niños senegales de la calle. Sin futuro, totalmente perdidos y expuestos a multitud de enfermedades. Van siempre con un cubo, recipiente o lata oxidada para que alguien le dé comida y ahora, más prioritario, dinero: suele ser un mínimo diario de 500 francos CFA (1 dólar), siguiendo las consignas del maestro, pues se tienen que pagar sus estudios coránicos. En Senegal un 95% de la población son musulmanes.

Vagabundean durante todo el día para dedicarse a la mendicidad, en beneficio de sus maestros, que les obligan a ingresar esa cantidad fija de dinero. Mi guía me dice que, en teoría, esta cantidad de dinero permite cobrar los gastos alimentarios para la subsistencia del alumno, pero en realidad esa suma va
al bolsillo del maestro
.

Niños senegales obligados a mendigar. Foto: A. Mora

Niños senegales obligados a mendigar. Foto: A. Mora

No puedo evitar pensar en voz alta que son generaciones y generaciones perdidas en un país que navega a la deriva y que el único futuro que muchos jóvenes se plantean es arriesgar sus vidas en pateras que salen por toda la costa de Senegal. Los he visto en Dakar, en zonas rurales, en playas turísticas. No es fácil contemplarlos si te pones las gafas de la cruda realidad. Para muchos son invisibles. Los guardas de seguridad de los hoteles los espantan como a perros, tirándoles piedras. Es una costumbre que ya no me sorprende. Ya he visto cómo les llovía piedras a los niños y niñas pobres de Egipto o cómo los policías hindúes persuadían a palazos para que los pequeños no molestaran a los que iban a comer al McDonald’s.

En Senegal estos niños suelen ir en grupo. Tienen su propia jerarquía: el mayor es el que se impone a los más pequeños y el único objeto de valor que poseen es el cubo que sujetan a todas horas y durante todos los días del año. Ellos nos demandan monedas, desesperados y hambrientos. Tienen la mirada dura, de adulto, que ha vivido cien años. Muchos medios de comunicación locales dicen que frecuentemente se han dado casos de malos tratos y de torturas por parte de algunos maestros. Aquí en las calles de Dakar y por cualquier zona de este país Dickens tendría su particular Oliver Twist.

Me acerco a ellos, me enseñan su cubo. A pesar de su condición, no olvidan una sonrisa y la calidez con el extranjero. Senegal es un pueblo amable, tolerante y cercano. Les doy chocolate en crema, mermeladas y, cómo no, lápices y los más pequeños comienzan a devorar el borrador que está en el extremo. Los mayores utilizan el lápiz como cuchara para poder comer el dulce tesoro que contienen los envases.

De momento las niñas de escasos recursos se quedan en casa cuidando del hogar, de sus hermanos pequeños y no reciben ningún tipo de educación. Las tasas de analfabetismo están en 48,9% en los hombres y un 70,8% en las mujeres. Foto: A. Mora

Es dolorosamente urgente que se produzca una verdadera revolución educativa en este país. Es algo más que un simple lápiz. Se necesita comenzar a construir los cimientos para recuperar a todos estos niños perdidos con sistemas de protección del menor y sensibilizar a líderes religiosos del país. Pero de momento, donde las autoridades son conocedores de esta realidad y siguen callando y mirando hacia otro lado mientras que esta situación no produzca demasiado ruido.

Artículo original en Bottup: Los niños perdidos de Senegal


REPORTAJE / Colores es un club zaragozano de balonmano cuyo objetivo principal es la integración y el desarrollo social de niños de diferentes procedencias

Periodista ciudadano autor: Diego Vivanco Editado por: Redacción Bottup

El reportaje muestra la labor que realiza el club en dos de sus equipos y la visión, tanto de su máximo responsable, como del presidente de la comunidad gambiana en Aragón. Estos dos equipos están compuestos por niños de ascendencia gambiana, una de las comunidades más numerosas de la ciudad.

Más que un club

El propósito del club es estar abierto a niños y niñas de todas las culturas donde, a través del balonmano, aprendan a aprender, priorizando el proceso educativo a los resultados deportivos. Así, los fines más notables de la entidad son: la educación de los niños a través del deporte, la adquisición de valores (aceptar normas, solidaridad, respeto, tolerancia, etc.); el aprendizaje del balonmano, un deporte muy completo, como instrumento para el desarrollo motriz de los más pequeños; el lanzamiento de una nueva oferta deportiva intercultural y asociativa para los niños en edad escolar en el Casco Histórico y en el barrio de Delicias de Zaragoza; y, finalmente, el compromiso social de reivindicar el deporte como un hecho intercultural, de integración y convivencia.

Por la experiencia que el Club está viviendo, los integrantes del BM Colores Fabrégas (los deportistas, el equipo técnico y el patrocinador) son conscientes de que el deporte es un óptimo instrumento de integración social, aunque en ocasiones sea escenario de conflictos, y constatan día a día su competencia y responsabilidad educativa. Así, tanto los pequeños con problemas de aprendizaje, falta de dominio del idioma, rechazo en el aula, etc. como los niños sin este tipo de dificultades específicas, encuentran en el balonmano un escenario en el que están motivados, en donde se divierten, aportan y colaboran, se sienten aceptados, en donde aprenden valores y mejoran sus capacidades de comunicación. Y quizá lo más importante: jugando al balonmano son más felices.

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El reportaje ha sido posible gracias a Kauri, una productora ubicada en España que centra sus esfuerzos en plasmar historias en formato multimedia a través de fotografía y audio.

Artículo original en Bottup: Colores: la integración a través del deporte